Amor y autoridad: ¿Por qué nos cuesta tanto decir «no»?

Uno de los grandes desafíos en la crianza de hoy, es el que surge entre ese deseo de
conectar profundamente con nuestros hijos y el temor a causarles cualquier tipo de
malestar. Las madres y padres modernos, a menudo sobrepasados por las exigencias y la
exposición constante a manuales de «paternidad perfecta», se enfrentan al dilema de
establecer una autoridad que no dañe el vínculo. Sin embargo, a menudo olvidan que el
límite no es un muro, sino un mapa necesario para que los niños aprendan a navegar la
realidad.

Ponerles límites a nuestros hijos naturalmente despierta en ellos molestia y desagrado. Y
claro, es difícil tolerar las emociones desagradables e intensas que experimentan, y en
especial sus reacciones, cuando uno pone esos límites.

Los padres de hoy pueden sentirse en ocasiones responsables del dolor o incomodidad que
experimentan sus pequeños, o hasta sentir, por reflejo empático, el dolor o desgrado de sus
hijos en sus propios cuerpos. Nuestro cuerpo tiene una tendencia automática a imitar el
comportamiento de otro con quien interactuamos, para facilitar la comprensión mutua de
los estados internos, lo que se conoce como empatía afectiva, o refleja. Por eso cuando
haces algo que a tu hijo le molesta y lo expresa con dolor, sientes literalmente “su dolor”.

Esto puede ser aun mayor en madres o padres profesionales que trabajan fuera de casa,
quienes a veces sienten que no pueden estar tan disponibles como las «madres de antes» lo
que a veces genera culpa y lleva a estas madres (o padres) a estar permanentemente
disponibles y flexibilizar normas, para compensar su ausencia.

Lo anterior puede dañar el vínculo de confianza y conexión que tanto se esfuerzan por
construir, al entregar una visión ficticia y poco sostenible de un mundo en el que no hay
consecuencias, ni un mapa claro para navegar y desarrollar confianza y logros.

A medida que los hijos crecen, y forman estructuras y estrategias propias, desarrollan lo
que el Psicólogo Albert Bandura denominó como “Autoeficacia”: la creencia en las propias
capacidades para realizar acciones y conseguir metas, componente que ha demostrado ser
clave en el desarrollo de una vida sana en la adultez.

Cuando los padres restringen la necesidad de límites y de autonomía en sus hijos, pueden
sin querer, reducir su eficacia al resolver problemas, o de encontrar maneras de satisfacer
por sí mismos sus propias necesidades, e incluso ayudar a otros a hacerlo.

Los padres en la adolescencia, buscando prevenir riesgos y proteger a sus hijos de la misma
forma que cuando eran niños, pueden llegar a utilizar el teléfono como un cordón umbilical
extendido, como señalaba la Socióloga Margaret Nelson en su libro “Crianza fuera de
control”, y con ello impedir a sus hijos experimentar la vulnerabilidad que acompaña esta
etapa de la vida, retrasando con ello su autonomía, madurez y ese relevante sentido de
autoeficacia del que nos hablaba Bandura.

Encontrar el justo equilibrio entre establecer límites claros, mantener la conexión y entregar
espacios en momentos clave, puede ser una tarea compleja, pero sin duda posible, cuando
reflexionamos sobre los costos y beneficios de largo plazo. En especial si esa reflexión la
hacemos en comunidad, considerando todos los puntos de vista, y la evidencia disponible.
Ya son varias décadas que sugieren que un punto de quiebre entre una crianza efectiva y
una no efectiva, es la inteligencia emocional de madres y padres, y en especial su capacidad
para enfrentar emociones intensas, con calma, afecto y decisión.

Criar no es sinónimo de corregir, pero cierto grado de límite y corrección es necesario en el
proceso de aprender a tratar a otros con respeto y convivir en sociedad. De la misma forma
es importante que reconozcamos esa libertad que tienen nuestros hijas e hijos para “ser
ellos mismos”, diferentes de nosotros en ideas, gustos expectativas o anhelos, y al mismo
tiempo partes de algo en común: el maravilloso viaje de crecer y transformarnos juntas y
juntos en la sociedad del mañana.